Psicópatas y la luna

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Cuidado, Estamos en zona enemistad. La zona que endiña palo, poca amistad permanece.

El pasillo que conduce a la consulta médica estaba enrejado. Anteriormente había pasado por el Centro, una construcción vigilante de eje acristalado, rodeada por otra zona circular pisapies anodina, de anchura espacial. Un “jicho” abre paso a varias personas desocupadas. Con la moviola en retroceso, habíamos partido de la galería, donde había heroicos de la Copel, una vez abiertas las celdas y antes de la apertura del patio de las duchas, un lugar sin techumre atrayente a los presos que podían ver en los balcones a algunas vecinas tendiendo la ropa. Ay, los amores secretos entre tetas desconocidas. Noviazgos frustrados de pocos minutos entrando y saliendo de cada balcón.

La gaveta con el café y el chusco de pan había pasado de celda en celda. Dependiendo de la posición y el lugar en que empezaba el reparto, el agua caliente llegaba fría. Cada celda de luz contenía un cristo, mal alimentado y muy refrigerado, poco paseado y siempre desocupado.

Patria, hagamos patria para que el dictador o el rey, da igual, se coman la patria. Situados en posición de extrema crueldad, por el coco no pasaba desapercibido un delirio a lo Mateo Morral. Sigue leyendo

COPEL, problema de Estado. Remache

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Las conclusiones de estas vicisitudes de la COPEL no quedarían bien cerradas el estado fascista borbónico. Para su complemento histórico, es necesario este REMACHE con los datos que hemos ausentado en los ocho capítulos previos. Nsin la aportación descriptiva de las inmensas vias de agua de la corrupción en os debemos a la historia, pero la historia reciente de los crímenes fascistas también es nuestra historia. La destrucción de la libertad de expresión y de manifestación para encerrar en un puño las experiencias vitales e ideológicas de las personas, sojuzgando esa identidad natural con el robo descarado de sus bienes económicos, mediante leyes habituales del terrorismo gubernamental, lo vemos sustentado por el sello militar del jefe ideológico llamada Francisco Franco, sin desviarnos de que esta opresión no parte de los herederos del mismo, porque la dictadura nunca dejó de existir vive esplendorosamente en sus víctimas y la LEY MORDAZA sólo es una gran  salpicadura moderna de los mismos crímenes históricos del franquismo. Sigue leyendo

COPEL, problema de Estado. Conclusión

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Estamos tratando de una lucha anticarcelaria histórica e ideológica desde dentro de las cárceles, protagonizada por los presos franquistas. Probablemente sea la más difícil de las luchas sociales, muy suicida, porque el combate del preso contra el Estado lo fleta una clara desventaja, de todas las inferioridades posibles. El combatiente prisionero tuvo la iniciativa y la capacidad de sorprender, de jaquear, de promover publicitariamente sus carencias sociales como víctima por discriminación y abusos, pero esa desventaja fue también responsable de su derrota en cada lucha por el atrapamiento entre altos muros coronados por garitas de vigilancia con gente armada, más los ejércitos policiales o de cualquier tipo externos a los recintos penitenciarios. Cada derrota parcial por cada uno de los amotinamientos significaba la previsible derrota total del movimiento de lucha por las erosiones y pérdidas que peleas tan desesperadas ocasionaban en el ánimo y en la fuerza de los combatientes. Aún así, con perspectivas tan borrascosas, la COPEL protagonizó un gigantesco reto al Estado franquista en los años 1976, 1977 y 1978. No existe en el mundo una lucha de estas características, organizada por presos, ni siquiera parecida, respecto a la intensidad explosiva y a la continuidad en el tiempo. Respecto a la intensidad, puede verse en las hemerotecas o en alguna recopilación especializada y publicada por historiadores de la verdad, mientras que los historiadores borbónicos o pseudoepecialistas de la Transición ocultan estos tremendos sucesos, lo cual es mentir por omisión. Por su extensión en el tiempo, recortaremos a dos años la iniciativa de la lucha por los derechos humanos, 1977 y 1978 porque los años siguientes con la COPEL viva la iniciativa partió del Estado, con los aislamientos y torturas intensas para los copelianos, para que con el dolor físico y sensorial provocado las víctimas del franquismo desistieran de su ideología de la justicia. Si sumamos a estos dos años la etapa de de la lucha de los presos sociales antes de dotarse de un nombre identificativo en el mismo ámbito de la cárcel de Carabanchel, periodo que hemos llamada COPEL DE HECHO, la intensidad de la lucha y la duración en el tiempo supera los dos años de lucha por las libertades públicas. Los años siguientes a 1978 las luchas de la COPEL no pudieron ser colectivas, reducidas a la individualidad por el fermento ideológico de los combatientes, defendiéndose de las agresiones por medio de la autolesión o la mutilación, retomando aquella lucha histórica de la COMPASIÓN para frenar al verdugo ante la tragedia sangrienta o lesionada que tenía delante, con las variables explícitas o implícitas de las reivindicaciones de la COPEL, con salidas extremadas a los hospitales de la calle. Sigue leyendo

COPEL. problema de Estado. Fase revolucionaria. El golpe

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Debían de tener mucha cautela. Un mínimo error en el momento inicial del asalto a la prisión hubiera frustrado el trabajo de cinco meses.
 
Por estrategia y convicción de lucha, la COPEL había mantenido públicamente todas sus reivindicaciones reformistas, en la esperanza de que a corto plazo fueran atendidas. Sospechaban que la más importante de amnistía a las víctimas nunca llegaría ante la traición a  los derechos humanos por la amnistía tendenciosa del 30-VII-1976, contrayendo que la reconciliación nacional pudiera ser una farsa por reconciliarse sólo la minoría.
 
La continuidad franquista de 1977 no podía sospechar que un reducidísimo grupo de presos víctimas del franquismo, sumergidos en un cubo de una planta de altura, sin comunicación visual ni oral, tuvieran capacidad de reconstrucción de la lucha y de imaginación de gran empresa tomando por asalto la macrocárcel de Carabanchel. Era impensable que 40 presos organizaran la toma por abajo y por las alturas de la cárcel, comunicando al mundo que las víctimas del franquismo existían. Responsablemente, los presos vivían la tensión. Estaban en la cuenta atrás. Se notaba su euforia para el combate. Se sentían ganadores. Al golpe debían de unirse otras cárceles y penales por la constante publicitaria desde el mes de febrero de 1977 al día 18-VII-1977. El trabajo meticuloso de los comunicados en miniatura, más la publicidad ordinaria de los paquetes de panfletos distribuidos también en el departamento de tránsito, lugar de paso obligatorio de todos los presos trasladados por el Estado, era necesariamente fundamental para la unidad de lucha ante el golpe, a la suma de los compañeros copelianos dispersados por los celulares penitenciarios del Estado que también actuarían. 
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Por estar descrita extensamente por capítulos, “la batalla de Carabanchel” la retomamos ahora a grandes rasgos: 

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COPEL, problema de Estado. Fase revolucionaria. Preparación del golpe

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Las heridas de los presos en lucha van cicatrizando en los aislamientos a ojos de los testigos, pero éstos no pueden ver las heridas que permanecen en el corazón.

Habilitaron un rincón en la cárcel de Carabanchel, con una sola puerta para entrar y salir, llamado La Rotonda, situado al final de la sexta galería, residencia de los presos políticos, donde los presos de la COPEL carecían de comunicaciones con otros compañeros ante la inexistencia de ventanas que dieran acceso a la palabra. Los presos franquistas en lucha tuvieron gran capacidad para superar las barreras arquitectónicas. Aquí está la raíz del éxito de la revolución generalizada en las cárceles que iba a producirse pronto. En las comunicaciones con sus familiares y abogados, pudieron ubicar a presos afines en las grandes galerías, y enterarse así mismo de los traslados y destino de compañeros o  luchadores concretos a otras cárceles o penales.

Por su asamblea diaria, la COPEL decidió mantener la vía legal de las reformas solicitadas, con el derecho a la amnistía, recogiendo los medios periodísticos de la época estas pretensiones ante los comunicados de los presos desde febrero al día 18 de julio de 1977. Era fundamental que el borbonismo ignorara el propósito de realizar el asalto general al buque insignia del franquismo, la ocupación completa y prolongada de la cárcel de Carabanchel sin secuestros ni derramammiento de sangre.  Sigue leyendo

COPEL, problema de Estado. Fase revolucionaria, segunda lucha

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Si los códigos penales están infectados de delitos inventados o crímenes sin víctimas, el ataque del Estado a la COPEL fue el paradigma de este abuso en el secretismo carcelario, por su frecuencia histórica a otros niveles  individuales, reprimiendo con salvajismo a un colectivo crítico que exigía la aplicación de la amnistía ante los crímenes sin víctimas decretados por la dictadura. No había nadie en la publicidad del gran secuestro. El grupo troturado en calzoncillos estaba solo con los grilletes de la guardia civil conducidos en un autobús celular a los aislamientos del penal de Ocaña. Al sentir la noche del secuestro los palos y los gritos, un rictus de desesperanza se quejó en el asombro, hasta que algunas víctimas gritaron lo que ocurría y desde ese instante todas las puertas de la tercera galería desde su interior tronaron ensordecedoramente, igual que cuando ejecutaban por garrote vil, hasta escuchar el último cerrojazo. En la mañana, los ojos cansados de los compañeros no secuestrados volvieron a escuchar la sombra de aquella noche por la ansiedad del dolor compartido. El eco de la galería en el corazón. Vieron las sombras alargadas de cada uno en su primera hora de luz en el patio. Los más comprometidos no realizaron una asamblea general sumando apoyos para el propósito de la lucha inmediata no la abortara alguna filtración. Una vez subidos los quince copelianos con su pancarta en la cuarta galería muerta, los otros treinta entraron bajo cubierta y sus treinta sombras se introdujeron en sus cuerpos, la sombra unitaria de aquella noche, crímenes sin víctimas, la verdad escondida, la falsificación de la convivencia, presentando los preso su lucha desesperadamente organizada por compañerismo. Fue la lucha contra majaras del medievo, contra la inquisición de calabozo. Luchaba la salud humanitaria contra la heroína inhumana. Así se inicia, desde el 19-II-1976, la revolución en las cárceles. Los médicos llamaban al Hospital General Penitenciario “el reposo del guerrero”. Era frecuentado por personas que salían  por la fuerza de su individualidad de los penales más violentos y de las torturas. Por valiente desesperación, algunos se las ingeniaban para romperse un hueso, el más común el de la mandíbula, recibiendo un fuerte puñetazo voluntario de precisión en el maxilar inferior. Otros se cortaban un dedo. Había quien ingería una botella de lejía y llegaba con el estómago achicharrado. La lucha de la pena más frecuente  era la ingestión de objetos metálicos, algunos consiguiendo tragar un muelle de la cama, siendo más frecuente la ingestión del mango metálico de las cucharas. Estos objetos rígidos no pasaban por el píloro, necesitando la intervención quirúrgica para extraerlos. Una vez recuperados de las lesiones y autolesiones, los médicos decían a los luchadores que iban a estar dos meses más de reposo antes de darles el alta a su destino de origen, que no podía ser iniciativa del facultativo, sino la estrategia de pacificación general de conflictos mediante el tiempo diseñada por la Dirección General de Prisiones. Sigue leyendo

COPEL, problema de Estado. Fase revolucionaria, primera lucha

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La mayoría de los presos sociales franquistas no eran delincuentes comunes. La dictadura necesitaba de la alarma social continuada, condicionada para el apoyo de la gente al Estado protector en un país no viajado donde la desinformación era completa. La alta burguesía y algunos de sus escalones profesionales tenían más información que el pueblo llano, respecto a su formación cualificada o académica y a la mundología que le proporcionaba su estatus social, evidenciada por la múltiple discriminación negativa o insolidaria con el resto de las personas precarias o de base. Delincuentes del derecho común en el franquismo eran, entre otros, Vila Reyes con sus ministros cómplices y Jesús Gil Y Gil, quienes por ambición desmedida no necesitaban el pan de la sobrevivencia. Sin descartar algunos delitos de sangre por pasión u otros móviles en cualquiera de los estratos sociales, entramos en lo que pudiéramos definir “delincuencia artesanal”, desde el furtivismo alimenticio a la apropiación de bienes materiales de quien los tuviera, de muy exigua infracción ante la ideología del miedo, y que por esa vacante la dictadura necesitó de causas penales para alfombrarse con éxitos policiales, haciendo falsamente útil y del interés común el sistema penal. De esta forma cubrían las dos páginas de sucesos de la prensa franquista, más el semanario “El Caso” dedicado exclusivamente a sucesos. Era frecuente que en los medios figuraran las fotos, nombres y domicilios de los recién detenidos, no solo para provocar la exclusión por rechazo de los vecinos como pena que no tiene fin, sino también de inmediatez para que en las ruedas de reconocimiento los identificadores tuvieran las fotos antes de la prueba estafadora de la identificación en la que participaban. En esta verdad rotunda y documentable, encuadramos a la criminalidad oficial franquista. Reiteramos que la mayoría de la Columna Judicial Franquista no se acostó dictadora y se levantó demócrata en la pretensión de la violencia borbónica, sino que sus propios crímenes permanecieron y permanecen vivos, porque la jurisdicción poseía los expedientes penales, con todas las pruebas, no haciéndolos públicos para no acusarse ellos mismos. La Columna Judicial era juez y parte, la encargada de aplicar las leyes orgánicas de amnistía promulgadas por la conjura parlamentaria, omitiendo de su aplicación a la mayoría de las víctimas para no reconocer que los culpables eran ellos.

Entre los días 19 y 21 de febrero de 1977, hay un conflicto en la cárcel de Carabanchel, Madrid. Sin ninguna justificación el Estado por sus sicarios, con extrema crueldad, violencia y nocturnidad, llenaron un autobús con víctimas del franquismo, las que consideraron que eran las personas más activas de la COPEL, con la finalidad de desarticular por el terror a una organización política antifranquista que había presentado y representado los derechos humanos con la palabra. Los prisioneros franquistas fueron trasladados heridos y autolesionados a los penales sin recibir ninguna cura de las heridas. Al abrir las celdas por la mañana y contar por la identidad la ausencia de todos los secuestrados, pronto los presos iniciaron respuestas contundentes que el sistema criminal no esperaba, creyendo desarticulada a la Coordinadora de presos.

La COPEL carecía de ideología política específica, se nutría de una amalgama de todas ellas, interesaban las personas presas de todo el Estado que luchaban por los derechos comunes en las limitaciones de cada una. Carabanchel era el símbolo referencial de la represión franquista y el Hospital General Penitenciaria la capilla Sixtina del crimen científico, baluartes del abuso, y hacia allí se dirigían los presos en lucha para alterar el normal funcionamiento de la arbitrariedad.

Un grupo de quince copelianos, que renunciaron a cortarse las venas con las cuchillas de afeitar, subieron a la techumbre de la cuarta galería, llamada galería muerta porque sólo tenía construida en bruto la primera parte. Exhibieron una pancarta pidiendo el regreso de los compañeros secuestrados. Una treintena de copelianos se abrieron paso hasta el centro del panóptico y allí se cortaron las venas, quedando ese amplísimo espacio circular enrojecido por la sangre. Era la primera lucha colectiva de autolesión organizada. Tampoco reivindicaron la amnistía ni los derechos humanos, tan solo el regreso de los secuestrados.

El compañerismo era muy profundo, sólo por este afecto la COPEL no vencida luchó con el sufrimiento propio. Por la tarde, los autolesionados fueron trasladados al Hospital Penitenciario para coserles las heridas. El cambio de cárcel era un éxito, sobre todo que la COPEL no estaba destruida ante su acción directa.

El violento ataque por el Estado para destruir a las personas que dialogaban como asociación era la firma del despotismo, con la finalidad de evitar que comprometieran a las instituciones con la verdad histórica, por los sucesos vivientes en las víctimas, porque la conjura mafiosa había decidido que no existiera la verdad, taponando el único grifo organizado que desbordaba los planes de la transición que iban a falsificar con las etiquetas de “paciencia” y “modélica”, para que los protagonistas de ese cambio tuvieran una posteridad gloriosa ante Europa y ante el mundo, sin que fuesen salpicados los asesinos históricos y sus cómplices sobrevenidos y bien pagados.