Psicópatas y la luna

yyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy

Cuidado, Estamos en zona enemistad. La zona que endiña palo, poca amistad permanece.

El pasillo que conduce a la consulta médica estaba enrejado. Anteriormente había pasado por el Centro, una construcción vigilante de eje acristalado, rodeada por otra zona circular pisapies anodina, de anchura espacial. Un “jicho” abre paso a varias personas desocupadas. Con la moviola en retroceso, habíamos partido de la galería, donde había heroicos de la Copel, una vez abiertas las celdas y antes de la apertura del patio de las duchas, un lugar sin techumre atrayente a los presos que podían ver en los balcones a algunas vecinas tendiendo la ropa. Ay, los amores secretos entre tetas desconocidas. Noviazgos frustrados de pocos minutos entrando y saliendo de cada balcón.

La gaveta con el café y el chusco de pan había pasado de celda en celda. Dependiendo de la posición y el lugar en que empezaba el reparto, el agua caliente llegaba fría. Cada celda de luz contenía un cristo, mal alimentado y muy refrigerado, poco paseado y siempre desocupado.

Patria, hagamos patria para que el dictador o el rey, da igual, se coman la patria. Situados en posición de extrema crueldad, por el coco no pasaba desapercibido un delirio a lo Mateo Morral.

Desde el ingreso en el Centro de Psicópatas de Huesca, sufría molestias gastroentestinales. La insensibilidad del “cerdo común iberico” cree que los presos no tienen enfermedades, relacionado con el desinterés hacia las personas que sufen el barrote de anteojeras.

La psicopatía converge su estrecha relación de poder, cualquier poder, conbinada con el abuso. Esta es la condición del carcelero, la fuerza avasallando sobre la unidad aislada, la psicopatía escupiendo sobre quien la sufre. Huesca, cárcel de psicópatas, igual que Cartagena, sufriendo los presos la presión de esa marca, que no es demencia sino maldad por desproporción. La industria del sufrimiento no es amistosa. Es mas útil la industria de oposición. Solo hay que dar un paso por la comprensión y el conocimiento para ver tan simple resultado. Tanto ayer como ahora.

Estaba el tercero en el listado. Iba a perdirle al médico una “dieta blanca”, que consistía en puré, arroz blanco, pescadilla hervida y un litro de leche diario. Desentorné la puerta entornada, cubrí los siete pasos que me separaban de la mesa ancha, en la que estaba el médico al otro lado. El recibimiento oral fue perentorio y despótico según avanzaba, sin dar tiempo a explicar el motivo de la consulta. Al iniciar el primer paso desde la puerta, había visto algo que me negaba a creer. Durante los siete pasos mis ojos no se habían apartado del muñeco que había dentro de la jaula. Sobre la mesa aposentaba una plataforma plana y redonda, de unos 20 centímetros de diámetro. Del centro subía un tubo flexo de unos 50 centímetros de altura. De allí tras la curva el tubo flexo bajaba unos 10 centímetros. En lugar de una lámpara de luz de escritorio, el médico había colgado una jaula con un preso dentro. El preso era muy gordo, vestía traje de rayas horizontales blancas y negras y tenía un número en la ropa. Los barrotes de la jaula tocaban el pecho y la espalda, los hombros y la cabeza, de modo que el preso carecía de movimientos. Era conmoción, tan perversa condición sanitaria. Mirando a ese repelente titulado médico, le dije que no necesitaba nada, que me había curado en ese momento. Pensé que un monstruo así podía envenenarme.

A mi indignación le entró ganas de mear por su lágrima detenida en el dique del párpado. El patio de las duchas estaba abierto, su bóveda de nubes se fijó en mi pelo. Me senté en un banco de piedra que me hizo polvo el culo. Miré en mi auxilio y vi en el tercer balcón a una mujer que recogía la ropa tendida. cambié mi contencioso por la eficacia y escribí :

Te pareces a la luna, porque estás arriba, como la luna.

La luna también es gata, porque estás en el balcón y en el tejado como ninguna: la silueta femenina que veo felina dentro de la luna.

Aquí los presos más duchados, la limpieza más esmerada, la luna más deseada, porque si no había luna en la constelación, siempre la había en el balcón.

Amores fugaces, amores de luna, buscando a la oportuna, todas y cada una de ellas eran la luna.

Felina de amores, mirada de verde aceituna, en los ojos el deseo acuna, la curva de la luna mueve las caderas por sus contornos de luna.

Un sueño de la flor, una pasión de dolor, de apoyar cada noche la cabeza con sensibilidad de luna en la luna.

Un embeleso la idea, una canción de amor, todos los días quiero ducharme para ver durante el sol a la luna.

Los presos enamorados de la luna, poco sol y mucha luna.

Las cárceles borbónicas avanzan la enemistad, alejadas de la urbe para no escuchar su grito. Bajo la torre de vigilancia la manteca del preso, trágica inquietud de los desamparados. Su excelencia el vergajo recibe el nombre de defensa, una verdadera injuria porque no es posible defenderse de la defensa. Domesticar está en la trama, preludio artificial del teatro de la excelencia, que sólo la sumisión completa o la cartera llena es capaz de comprar.

Seguimos en zona enemistad.

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