Impuesto jurídico

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A la izquierda, con los parpadones semicerrados por la mirada sobre el estrado un hombre enrojecido con su papada giraba un papel blanquecino que no llegó a tumbar, moviendo el cuello de izquierda a derecha por mímica negativa. En el centro, un altoplasta reclinado con el codo derecho sobre el butacón, la mano apoyada en la clamorosa barbita renegría por su Greco enjuto, parecía sobresalir arriba del marco el periscopio desagradable de su vacío. A la derecha, con mohín de cacatriste, la fémina de labios tirilla y pegotes negros en los ojos movía el bolígrafo en espiral rutinario, dirigiendo la vista por encima de sus gafillas a los tres entrantes.

Tres caminaban sin palabras. Tres caminaban por el lateral de la sala en dirección al Papada, el Altoplasta y la Cacatriste, que con sus talares negros y sus bocamangas de puntillas presidían la justicia de la discriminación, la bolsa repleta y el buche de restaurante.

De imprevisto, un picor en el hombro del detenido quebró su cintura, intentando el rascado imposible por los grilletes no flexibles. Rápidamentre, los dos policías también se detuvieron, agarrando al preso por cada brazo, una película que Almodóvar podría titular “la caricia del crimen”. Reagruparon la marcha por otros tres metros en la distancia, deteniéndose frente al disfraz del desorden que presidía la Sala de la Ley. El carraspeo del detenido, queriendo apoyar el culo en el asiento, congregó las miradas del Tribunal, más la de otra talar negritud femenina situada a la derecha del estrado y la de la otra talar negritud masculina de la izquierda. Papada, Altoplasta y Cacatriste llevaban una chapa metálica en el pecho. La fiscal y el abogado no usaban esos latones. 

El preso recordó el chiste del compañero del aislamiento, algo así que “San Raimundo de Peñafort se comió todo el Roquefort, que por eso a los FIES les daban foiegras y nunca jamón”. Agarrando el pájaro imaginativo, los dos se rieron por el sonido de las ventanas, mientras los pajaritos de la amistad presentaban el trino con las alas del compañerismo.

‒Pueden sentarse‒ bizcochilló Altoplasta con su boca de periscopio.

En ese instante Papada miró fijamente al preso, evaluando cuánto tiempo resiste un hombre en la cárcel sin doblegarse al desorden humanitario. El preso vio sus ojos saltones y sangrienta cara entre picudas orejas, presintiendo que haría falta un grupo de oculistas científicos para averiguar de qué planeta procedía el mofletudo Papada.

‒Audiencia pública‒ presidijo Altoplasta. La Sala quedó sin visitas, porque un juicio contra preso por atentado al carcelero solo es notición de chabolo.

La fiscal de ojillos tramposos y turbia mirada acusó al maniatado de agredir al sacrificado funcionario que realizaba las terapias de la reintegración social, omitiendo que en este suceso el acusado estaba aislado, solo e indefenso y que fueron los carceleros quienes se desplazaron a la celda, ocultando también en las actas del soporte audiovisual que las marcas en la piel, la cara y la cabeza solo las tenía el acusado.

‒Todavía no he actuado violentamente para defenderme de los abusones. Pudiera ser que más adelante realizara los actos por los que preventivamente soy acusado. Anticipar mi conducta de futuro para penarme hoy por el mañana no parece muy científico, porque, si los carceleros simulan mi suicidio ahorcándome, no sé cómo podremos regresar en el tiempo para corregir tu boca rota por la maldad, señora fiscala…

‒¡Silencio!‒ cortó periscópicamente Altoplasta la argumentación irónica del acusado. Papada y Cacatriste asomaban un rictus de veneno por las venillas de la ira, marcando la senda del despeñaversos. Timbraban las lámparas al calor de la injusticia y un desasosegado espíritu vagaba sofocado ante la humanidad retorcida.

El abogado de oficio argumentó, por el registro de la compasión, la circunstancia modificativa de la responsabilidad como consecuencia de arrebato puntual del reo, dando pinceladas de despiste a la causa ante la satisfacción de la troika criminal aposentada en sus mullidos butacones.

En la prueba de cargo, el carcelero principal, con gemidos de via crucis ejemplar, desvivió un teatro acrónico y despilfarrador de saetas, presentando la imagen del acusado con la viruta incorregible de la alimaña, por su violencia a todo el sistema, recibiendo los golpes bárbaros la parte más débil del Estado, el funcionario perjudicado en sus funciones en representación del Estado de Derecho y de las libertades públicas.

Las partes se ratificaron en sus conclusiones definitivas.

El acusado, en la última palabra ofrecida, aletargó sobre la falsedad de ese ofrecimiento, porque la última palabra era de la troika a través de su sentencia. Dijo que le parecía que al abogado le había visto alguna vez en alguna pesadilla, que esa cara que acababa de conocer pudiera ser el resumen de un cuento de terror. Que sabía que los pobres son perseguidos por las imposturas de los derechos humanos, que se comen el Roquefort del pueblo por las enseñanzas del santo patrón de Peñafort, y que los carceleros no le han permitido traer el foiegras para trirárselo a la cara a la desinteligencia o malolientes túnicas negras…

‒Visto para sentencia. Llévenselo‒ hirió la ira del presidente, poseído por su periscopio altoplasta.

La sentencia refrendó la impunidad de las torturas, se ensañó con las víctimas el suplicio llamado juez. El acusado tenía un nivel de fortaleza superior y, después de varios años, con la bola en el grilo, militó en la ideología de la libertad, con mucho respeto a la gente que combate el martirio. El desgaste de la violencia no logró eliminar la conciencia. Crecieron las alas del que tenía alas. Aquel acusado tiene una sonrisa que nunca desabraza, porque está abrazado a la libertad.

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