24 horas

Captura.JPGlachachi

Decidí ir al Centro Social Ocupa Preocupa cuando las bombillas de mi quel dejaron de alumbrar. Por la recaña vi el barrio oscurecido. Debía ser una avería general de José María Aznar, de ENDESA. A todos lo ex presidentes capitalistas se les van las luces, electrocutan con elevada tensión las quejas del pueblo. Con el dolor de letras apagadas por el acorralamiento literario de las sombras, bajé el tramo de escaleras enfilando hacia la burda de la calle. Tropecé con la fregona, que lavó superficialmente mis calcos salpicando mis picantes con gotitas húmedas. “No te cruces en mi camino que te vacío”, pensó una ráfaga de mi consciente. Incliné el picaporte de la burda vislumbrando algunas estrellas iluminadas de noche a media luna. Me pareció que sobre un escobón circulaba una meiga por el reflejo de luna escuálida. 

Esa tarde, desde la recañí superior, vi a dos encapirulados realizar una pintada en el Santander. “Luchaza contra la ley mordaza”, legislaron los jóvenes sobre la fachada del banco. Poco después, desde un tequi, lanzaron un cóctel molotov, impactando en el cajero la quemazón humeante. Con bulla de sirena se acercó la patrulla de la nómina cautiva, rociando con el estintor los restos diabólicos de una tarde entretenida. No volvió a ocurrir nada hasta el apagón hiodeputa.

Recordando el verso hermético de pezones duros con palpitante funda acogedora, cerré la puerta tras mua, sonando el pestilleo en ese ambiente de silencio. Añorando en esa hora la orquesta de pájaros de la lejana primavera. Allí enfrente, a pocos metros, esperaba mi guanavana sobre las cuatro ruedas. Fea eficacia con el depósito canino.

Pensé en Conserje, el perro de Ocupa Preocupa que siempre salía a recibirme con un ventilador en el culo. Con su lengua ancha encharcada era el más amable de los perros del Centro Social Ocupado. Un día que su dueña Acratamata no me vio, obsequié a Conserje con un trozo de chocolate con almendras. Desde entonces, Conserje acaparaba mis manos con su olfato buscando resultados o huellas, como un niño de cuatro patas ante el amigo que le faltaban dos. Los animales se aposentan de firmeza con un equilibrio insuperable.

Metí las manos en los bolsillos, pero había dejado las llaves del tequi en la queli. Volví hacia mi casa y hurgándome tampoco encontré las llaves de la burda. Aaaaaay… hiasdeputa las llaves. Intenté forzar la puerta del coche, ya que había en su interior unas llaves de repuesto. Un vehículo que pasaba por la calle me pitó. Le hice una pedorreta. “Chorizo”, me dijo. “Tus muertos tos”, contesté. Tenía que escalar por el canalón del desagüe hacia la ventana de mi quel, que la tenía abierta. No quedaba otra.

Nuestros prehistóricos no tenían cerraduras en las entradas de sus cuevas. Tampoco pagaban alquiler. Nuestros mismos anteriores nos transportan a las primeras ocupaciones humanas de la historia. Nunca hubo posibilidad de desalojo porque los anarquistas fueron los primeros pobladores del mundo.

Por fin me decidí, despacio, apoyando los calcos en las sujecciones del canalón vertical. Llevaba medio camino escalando cuando noté un crujido con movimiento. “¡Quietooo paraoooo!”. Detuve la respiración para aligerar el peso con el oxígeno que entra y sale, con pocos resultados positivos, porque me ahogaba. Por abajo escuché voces perentorias, algo así como “policía” o “tutía”. Tiraron con fuerza de mis pies, cayendo todo el conducto del desagüe, golpeando el duro suelo los materiales y mis huesos. Un dolor de coco y piernas insoportable, mientras notaba que gente vestida de azul me pateaba, otros dos, con las porras, se ensañaban con la máxima indefensión de una víctima herida.

En la semiinconsciencia, con ulular de sirenas y luces de guateque de época, me llevaban tendido en su barriga sanitaria. “Cagüendiooo”, se escapa la queja desde el síndrome de la lesión. Una pava con chaleco reflectante me chutó un calmante, y con vocecita de tierna madre me dijo que iba al hospital Gregorio Marañón a repararme las heridas. Que estaba bien y que si tenía familia para avisarles. No hubo repuesta, porque el calmante petardeó por mis venas dejándome grogui.

Hostiputi, ¿qué hago aquí?”. Estoy en una piltra, en una habitación sin decorar, con la mano izquierda y las dos piernas escayoladas. Los afectos con Conserje y Acratamata tienen que esperar. Un blanca aparición asoma por la boca de la burda, con una sonrisa de espanto que me tiene acojonado.

Agua imploro a la aparición.

No es posible mientras que tengas el gotero.

Pues quitámelo, sofócame con la pasión líquida y luego metes en mi vena esa sustancia insípida.

Déjame trabajar. Voy a tomarte las constantes.

Pero yo soy inocente.

Aquí todos los ingresados son enfermos.

¿Por qué estoy aquí?

Tienes rotas las dos piernas y la muñeca por caída de altura.

Pero me duele todo el cuerpo.

Los policías tuvieron que reducirte en la detención porque estabas muy violento.

¿Por qué me detuvieron?

Por intento de robo en un domicilio.

Pero si intentaba entrar en mi casa por la ventana porque no tenía llaves.

Díselo al juez, que yo solo he leído el parte de lesiones.

Entró la abogada Silvia, una joven voluntariosa que se mueve por los ambientes marginales y trata de buscarse la vida profesionalmente con alternancias económicas. Alguien en quien confiar.

Soy yo el lesionado en al soledad de la puerta de mi casa.

Ya lo sé. Un vecino grabó la paliza, pero uno de los cuatro agentes le incautó la máquina para sancionarle por la Ley Mordaza.

Entonces, tengo un testigo de la brutal paliza en la puerta de mi queli.

He pedido la grabación, pero no aparece. Ha desaparecido de las dependencias policiales, aunque queda la reseña. La reseña no prueba la agresión. He hablado con el vecino, pero está intimidado y dice que no va a declarar, que no ha visto nada. 

Abrí los ojos. Sentí dolorido el cuerpo por esa horrible pesadilla. eran las diez de la mañana y un sudor frío engrasaba mi piel. Ya estaba en mi casa. Tenía que regar los tomates. El equipo de limpieza había eliminado la pintada del Santander y restaurado el cajero. Salí a la calle y al cerrar la burda me percaté de que había dejado las llaves dentro. Hostiaaaas… El sueño quería ser realidad. Miré al canalón vertical. Deseché escalarlo. Tranquila y silenciosamente me fui por la acera andando, con dos patas menos que Conserje, dispuesto a la solidaridad, deseando hacer justicia.

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