Vagas y maleantas [en respuesta a una sugerencia de Mujeres Libres de Madrid]

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El franquismo, como fundamento militar machista impuesto sangrientamente a una sociedad absorbida por ese acondicionamiento por décadas incivilizadas, por su vocación de dolor y muerte legionaria, implantó la incapacitación organizativa del respeto común desde las cúpulas de opresión durante 40 años. Estableció, desde su inicio, múltiples divisiones sociales, una de ellas gigantesca que partía al pueblo al 50%: el predominio del hombre sobre la inferioridad de la mujer. La gran división machista en la sociedad subditada ofreció claros elementos discriminatorios, dentro del crimen universal, enumerados por historiadores borbónicos y convencionales en sus proyecciones públicas, que por usado no entraremos pero si reafirmar que ningún cargo de relieve en los gobiernos franquistas fueron ocupados por mujeres. La discriminación faraónica por sexo la sublimaban en sexo fuerte, disminuida la otra condición en sexo débil. El protector era la fortaleza y la debildad lo protegible. Vemos la desmesura. Este complemento opositivo falso era coherente por la propiedad de la propaganda de respiración que convenía al sistema divisionario y discriminador. En ningún caso la mujer se protegía ella misma ante ausencia de mecanismos sociales de socorro de género o la carencia de autonomía femenina ante sus iniciativas truncadas, porque era inaceptable en el ambiente militar y religioso que la “debilidad” tuviera preponderancia. A la patología del catolicismo pudiéramos llamarla videncia luciferina. A la mujer la concursaba el hombre: esposo, padre, hermano o tutor que controlaba la sumisión particular y variable dentro de la cultura asumida en su coto, desde el idilio de las muñecas, generalizada y premeditada por la impostura del sistema castigante. 

Ante la muerte de la variedad cultural y científica frecuentada por las tiranías, las capacidades intelectuales de las mujeres no tenían valoración significativa, escepto en los servicios domésticos de la condición femenina reglada por las buenas costumbres y el decoro: asociacionismo de amas de casa, sirvientas, femineidad de acera, apoyo de senilidad y niñeras, prostitución, profesorado, limpieza, religiosidad sin rango parroquial, y otros servicios que no culminaran en poder de estado, militar, ni varonil, porque los seres inferiores tenían prohibido destacar sobre el hombre de culto, escepto en la crianza cristiana por la domesticación goebbelsiana del género cautivo. Esa dependencia que dividía desde el estado purpurado y usurpado a la mitad de los súbditos españoles, con el pecado como castigo damocleciano extraterrenal, se llameaba en la práctica por la servidumbre y mansedumbre de las hembras en sus ambientes familiares, laborales y vecinales, útiles para la reproducción de niños por la finalidad cumbre de la costumbre arcaica. El medio ambiente psicológico del Espíritu Nacional fascista daba cuenta de la minoría de edad crónica de las mujeres, que por alguna exepción por dotación intelectual se las consideraba oficialmente incapaces de creatividad de interes comun (interes elitista, único), por ello súbditas de segundo nivel. La aplicación de la Ley de Vagas y Maleantas a las “sujetas protegibles” es escepcional o anecdótico, en los supuestos que la Columna Policial franquista, servicial a la cultura necrológica, lo propuso a quien califico de prostituta o delincuente habitual. El juez especial en el doblamiento de la pena, del encarcelamiento del “por si acaso”, de igual criterio represivo estandar por la nómina condicionada, por la devoción y la verticalidad, mayoritariamente presentaría hipócritas reparos morales para aplicar la Ley de Vagas y Maleantas a quienes “gozaban” del estatuto de inferioridad social. Este estatuto que discriminaba con apariencia positiva a la mujer en relación al hombre, solo era un espejismo escondiendo la deshumanización permanente de las mujeres por suplantación y castración de la identidad de su genero natural.

Aun mas improbable es la aplicación de Vagas y Maleantas a la mujer homosexual por supervivencia muy desapercibida, actuando ella con su mecanismo intuitivo y experiencial de conservación ante el pecado impuesto a su proyecto de felicidad. La desventaja que suponía su inferioridad social no podía agravarla exhibiendo su condición lésbica, directa y públicamente, hipotecando su necesidad de amor o de comprensión con otra mujer identificada o que asumiera ser su pareja, un matrimonio del mismo sexo necesario de ocultar a la iglesia, al militarismo y a la vecindad condicionada por los estrictos clichés de las falsas verdades, instruidas en colegios, iglesias, informativos y propagadas por vecinos y comunidades. La mujer no era proclive al exhibicionismo homosexual porque las referencias imitativas del hombre a aparentar eran grisáceas por su vestuario estándar y automatismo universal de la época, y porque la Sección Femenina fascista disponía de la cuña transversal por mentalidad acorde con la convivencia grotesca. La mujer homosexual aproximada a innatos deseos exteriores de reafirmación masculina, soterrada en aquel contexto, podía prescindir de la falda, cortarse el pelo, no afeitarse el bello, esforzar la voz para dar una tonalidad grave en las palabras, que en todo caso seria una mujer sin arreglar, sin pintar, asumible la poca exhibición femenina al decoro monacal, salvando la represión y la candidatura manicomial.

El hombre gay, por el contrario, su condición masculina aparente por la división general de los protectores, no había sufrido merma discriminatoria universal de caída de posición desde su infancia, con la juguetería del coche o asimilados, sin la suma lenta e implacable del trauma sexista de vulneración y mansedumbre. En el aspecto exhibicionista de su reafirmación femenina, el repertorio a imitar era excelso, pudiendo exhibirse por profesión de espectáculo permitido o sin corporación reprimido, toda una colección de la diversidad femenina ambicionada, con un impulso irrefrenable de reidentidad. El hombre gay decidido despachaba su femeneidad con menos reparos por autodiseño de riesgo, exponiendo su amaneramiento por la inclinación dinámica sin tapujos, decidiendo romper sin protección la norma histérica del machismo.

La ausencia común de exposición pública en la mujer de sus ansiedades homosexuales la preservaba del ataque por alterar el “orden publico”. La moral y las buenas costumbres la salvaguardaban con la discreccion de su vida privada. Es muy improbable, o escasa, la aplicación de la ley de Vagas y Maleantas a la mujer por su condición de lesbiana, porque pertenecía a la división “protegible” y porque en la psicología del machismo de época era mas permisible que el “repulsivo mariconeo”, implicando este la mas letal y grave ofensa al hombre y la traición al macho, todo ello inasumible por la rancia intolerancia del chovinismo hispano entorecido.

Agustín Moreno Carmona

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