La batalla de Carabanchel

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La fecha 18-07-1977 fue elegida asambleariamente por los presos en lucha. Desde hacía un año los presos sociales estaban siendo traicionados por el discurso de investidura del Rey Borbón. Dijeron que la dictadura franquista había sido contra todos, pero casi dos años después la mayoría de las víctimas estaban en la cárcel, ensañando con ellas. Ante esa corrupción moral y real de los infames vividores, los prisioneros de la dictadura mentalizaron su muerte en defensa de los derechos democráticos expresados con premeditación en una batalla suicida a punto de llegar, enriquecidos por el éxito de las bombas de verano. El borbonismo salvaje brindaba por su ruina, con ofuscación, el olvido, un pérfido atragantamiento. Llegó la mañana del 18 de julio de 1977, cuarenta y un años después del gigantesco crimen militar iniciado en 1936. Del patio circular de tierra de la Rotonda, formado en herradura, los copelianos desenterraron un gancho metálico, una cuerda fina y otra cuerda gruesa con nudos. Después del desayuno y con los presos situados en el patio y sus destinos, había más tiempo de margen para la acción directa. Por el ojo grueso de la cerradura establecieron la vigilancia. Era necesario el efecto sorpresa, evitando un contragolpe de los carceleros. Si encerraban en las celdas a los 1500 presos de todas las galerías, la expresión de la lucha calculada quedaría apagada o anónima. El copeliano Titejo estaba preparado, como otras veces, para simular un ataque de epilepsia. Un pequeño grupo de copelianos, con un pañuelo rojo al cuello por distintivo, eran los comprometidos para iniciar las hostilidades, subiendo a la terraza de la 6° galería y desde allí cubrir todas las plataformas superiores para incitar a la rebelión expresiva de las víctimas del Caudillo militar. Este comando subió fácilmente a la terraza de la Rotonda, la primera altura. Al ganar esta altura solo quedaban otras tres, mas la pequeña elevación del muro que coronaba la terraza. A la tercera intentona el gancho quedó fijado arriba, del que colgaba una fina cuerda. Ayudado solo con los pies por el breve relieve de los rojos ladrillos, un copeliano de poco peso logró encaramarse mientras sus angustiados compañeros preparaban los brazos en previsión de una caída. Una vez arriba, otra cuerda resistente y de nudos se ató a la fina colgante, izándola el escalador. Apoyando los pies en el bajo pero grueso muro exterior de la terraza, echando su cuerpo hacia atrás, el primer escalador hizo de gancho humano para que subiera el segundo con rapidez en previsión por las garitas policiales de vigilancia externas, una vez que buscaron los ángulos de opacidad que evitara la alarma que podía abortar la lucha sincronizada. La velocidad inicial era necesaria: la asamblea de la Copel fue una unidad de inteligencia gigante compartida. Una vez que el tercero llegó arriba, los siguientes no tuvieron que escalar, eran izados a pulso por sus compañeros. Sin pausa subieron los paquetes con las pancartas. Medio coronado el comando aéreo, el grueso cercano a cuarenta llamaron al interfono con urgencia para que atendieran el ataque epiléptico de Titejo, que iba a funcionar por las pruebas previas. El comando de tierra necesitaba salir de la Rotonda para compartir la lucha. Eran momentos decisivos por el efecto sorpresa que anulaba a la rutina represiva, volviendo torpe a la jerarquía carcelera, anulando las previsiones del estado. 

II

Al abrir la cancela que incomunicaba la Rotonda con la 6ª Galería, los presos sociales ocuparon la galería cantando la canción de la Copel, cortándose las venas de brazos y otras partes del cuerpo. Realizaban una maniobra de distracción y cobertura a los terracistas, en paralelo a la invitación a la lucha en común del interés de los presos. Las fuerzas represivas no habían detectado la sigilosa ocupación de las terrazas. Los autolesionados recorrieron 100 metros hasta el Centro, dejando un reguero de sangre. El comando aéreo hablaba a voces con los presos de los patios, estimulando las reivindicaciones. Al llegar al Centro, las fuerzas terrestres tuvieron acceso a todas las galerías panópticas, enterándose el internado de que estaba en marcha la lucha por los derechos y la dignidad de todos los presos. La libertad por la amnistía comparativa era la primera exigencia ante la dictadura que les era permanente. Los amotinados no ejercieron violencia física ni psicológica sobre los carceleros, su función era publicitaria. No tenía a dónde ir el brillo abrasador de la mirada de los presos en lucha. Sufrían un recinto cerrado. La locura del compañerismo. Eran reivindicaciones desproporcionadas para un estado democrático en la igualdad y la justicia pero proporcionado a la dictadura de continuación presentada por el borbonismo. Allí solo los presos sufrían. Sus familiares sufrían. Sufría la democracia. Sufrían los derechos humanos. Las gentes comprensivas sufrían. La transición tenía un espesor sucio, patibulario, estepario, de una gran mezquindad. La monarquía afianzaba sus objetivos faraónicos por decreto. Los partidos políticos publicitados esforzardos por alimentar a la Corona despreciando los derechos humanos y el interés general de la paz social de la ciudadanía. Todo cambiaba en beneficio de un líder franquista deslucido titulado Rey, con los líderes de los partidos políticos democratizados por el brillo de las pesetas y las cuotas de poder, estableciéndose su clase aforada con privilegios desproporcionados, en nombre y representación del pueblo. Con el riñón cubierto por nóminas permanentes y subvenciones en el vértigo, coparon sus cuotas de codicia chupando la ingente plusvalía generada antes y ahora por los presos esclavos de los talleres penitenciarios y otras obras. Todos ellos crearon la falsa esperanza de la “libertad sin ira” con las cunetas llenas de cadáveres.

Las víctimas de la dictadura franquista que se pudran en las cárceles borbónicas, que las torturen, que se amotinen, que se dejen robar, que se corten las venas, que se suiciden, para que el inhumano testigo del abuso tenga buena vida. Este era el clima y esta la historia de España. Los voceros del nuevo régimen hablaban de transición pacífica a la democracia. Las palizas secretamente democráticas a personas solas, aisladas e indefensas eran el baremo para que los presos sociales cambiaran de ideas, olvidaran sus experiencias y horizonte humanitario, permaneciendo indefectiblemente en la seguridad de esa encrucijada estable del dolor físico y psíquico permanente. Los bárbaros de la transición se cebaron con las personas más débiles socialmente, sintiéndose orgullosos de sus crímenes. El corrupto gigante, el complot enorme, el pacto miserable funcionaba aplastando al diminuto ciudadano como antes, como después, como ahora. La Copel vivía en la lucha. La Copel sigue en la lucha.

III

La Rotonda era un departamento nunca utilizado, al final de la 6ª galeria, última construcción en la década de los sesenta. La acondicionaron de agua y luz expresamente para aislar a los copelianos. Se accedía por única cancela metálica. Los copelianos tenían buena comunicación diaria con los presos políticos al otro lado de un muro. Estos colaboraban con la Copel trasegando comunicaciones a los presos en lucha invisibilizados de las galerías. Para salir de la Rotonda en lucha descubierta necesitaban confíar a la Administración penitenciaria y al estado, haciéndose los “pacíficos” con los comunicados externos por toda actividad visible. La preparación del motín buscando dos salidas en dos bloques de presos en lucha, por arriba y por abajo, tenía como propósito el programa reivindicativo socialista de los comunicados y animar a los compañeros copelianos aislados en los celulares de diversas cárceles y penales, sin prever que la intensidad y evolución de la lucha iba a provocar el efecto dominó de los amotinamientos en cadena en las geografía penitenciaria española.

Los presos sociales del comando superior entraron en faena. No sabían que sus compañeros habían tomado Carabanchel por abajo. Para acceder a otras galerías desde arriba había que llegar a los inicios de ellas, en su punto más aproximado, pegadas a la cúpula, el centro. Desde la base central hacia arriba subía exteriormente un muro circular de un solo ladrillo, terminando cerca de la base de las terrazas, de unos 15 o 20 centímetros. Era el único paso posible de galería a galería. Un zapato tiene aproximadamente 30 cm. de la puntera al tacón. Con la espalda pegada a la cúpula, sobre el ancho del ladrillo, había que pasar a otra galería con el riesgo de caer al vacío con 4 plantas de altura, más la terraza. Un atracón de espadas costaba resbalar. La Copel no conocía ésta dificultad. Con gran riesgo y muy despacio, parte del comando de alturas pasó a la 7ª galería, visible desde la Avenida de los Poblados. Allí anclaron las pancartas y la bandera de los presos en lucha. Los patios llenos de presos desocupados mirando hacia arriba. Preguntaban. Durante los meses de aislamiento, la Copel había fletado ingente cantidad de propaganda con su imprenta precaria: razonamientos humanitarios que habían inundado y formado a las víctimas del franquismo de las galerías. Los miembros del comando aéreo informaban que desde la cuarta planta rompieran el techo con un somier. Pronto empezaron a asomar tímidas cabezas, mirando, seguidas del cuerpo al ver despejado el horizonte. El comando copeliano estalló en carcajadas por el éxito operativo, sabiendo que sus compañeros habían tomado la planta baja de Carabanchel.

Un momento antes, los Jóvenes del Reformatorio habían ocupado las terrazas de su cárcel, que tenían solo dos alturas, sin visibilidad externa. Como un hormiguero hambriento de libertad, no paraban de surgir presos por las perforaciones, calculando unos 1000 luchadores, reivindicando sus derechos cerca de las inexistentes nubes. Alguien subió un tablón que hizo puente entre la 6ª y la 7ª galería. Con cuerdas por pasamanos se aseguró el paso por el estrecho muro de ladrillos. Ese día los presos vieron las cámaras periodísticas y la TV grabando la multitudinaria manifestación en la cima de la cárcel de Carabanchel. La lucha era un éxito. Familiares y presos se reconocían hablando a gritos desde la Avenida de los Poblados. En las inmediaciones de la cárcel se producían manifestaciones de apoyo, viendo los presos a los “grises” a caballo dispersando, con largas porras, a la gente entre los pinares. El calor era sofocante. Sin sombra todo el día. Los presos habían subido organizadamente los economatos y las bebidas. Al utilizar las camisetas para cubrirse la cabeza, la piel del cuerpo se achicharraba ante el tórrido sol desbocado contra los poros enrojecidos. El día 18 habían localizado un grifo pegado a la cúpula que facilitaba un hilo de agua sin presión. El día 19 no quedaban latas de comida y nada de bebidas. A cuentagotas algunos presos abandonaban la lucha. El estado cortó el hilo de agua del grifo para rendir a los sociales por la sed. Desde el primer momento los presos políticos de la 6ª galería, que ninguno se sumó a la lucha, llenaban cubos de agua que eran izados por los terracistas, pero el día 19 los trasladaron para rendir a los sociales por sed. La protesta colectiva tuvo suministro el día 18 y el día 19 con escasez. El dia 20 la sudoración deshidrataba los cuerpos y por esa causa se perdían unidades de lucha, regresando al interior por los agujeros de las terrazas. El día 21 no había pasado ni una sola nube. La insoportable sed mellaba los ánimos, rindiéndose los 500 presos resistentes al cuarto día de lucha. La Copel había conseguido todos sus objetivos publicitarios.

El día 18 se presentó la infantería policial, ocupando las ventanas de las cuartas plantas desde las que disparaban pelotazos sobre los presos. Por el desnivel los balazos no eran rasantes. Los presos tenían que agacharse cerca del borde porque tiraban a dar y dieron. Los francotiradores impedían el trasiego entre terrazas por la pared de ladrillos. Por la pasarela los presos cruzaban en dos zancadas a la carrera. En la mañana del 19 un preso en lucha con un tirachinas improvisado, única arma ofensiva facilitada por presos políticos, lanzó la piedra a la ventana de un francotirador después de la descarga de fusilería, escuchándose un alarido de dolor. Esa mañana la policía desapareció de las ventanas. Era la victoria sobre la infantería.

 IV

Con la derrota de la infantería Martín Villa utilizó la mejor de sus armas criminales contra las víctimas del franquismo. Se presentaron tres helicópteros de la policía realizando pasadas represivas sobre las terrazas, lanzando bombas de humo lacrimógenas. Caían con intensidad creando sombreros de humo por la ausencia de corrientes de aire. Los presos en lucha sorprendidos y atemorizados. Había que actuar tirándolas a los patios, pero al quemar las manos los copelianos las agarraron con sus camisetas deshaciéndose de ellas, organizadamente, pasado el efecto sorpresa, despejando las terrazas de bombas nada mas caer. Al darse cuenta la aviación de la ineficacia del bombardeo, se marcharon. Martín Villa se chinaba las venas por segunda vez.

Horas después volvió la aviación con francotiradores disparando pelotazos desde las ventanillas, sobre personas sin parapetos, descargando en paralelo las bombas. La situación era insoportable por el humo, la ceguera, los balazos, el hambre, la sed y el intenso calor. El cabrón del helicóptero se quedaba estático encima de ti y echabas de menos un árbol. Todos salvados bajo las ramas de un pensamiento vaporoso pirateado por la desesperanza de un sueño vertiginoso. Brama en ti la fiera mientras corres a ninguna parte evitando bombas y disparos. Poseen un arsenal de broncas palabras. En la guerra está su victoria, la Copel ha perdido. Ves quien se pone de rodillas y abre los brazos. Ves quien saca el pañuelo blanco de la rendición. La persona perdida vive en el insecto. Joder, todavía no me han dado pero me han dado por todos los compañeros a quienes han dado. Pocos botes al patio, trabajamos poco huyendo de los bolazos. Olor enfermizo lucha contra el organismo por la garganta ahumada en su soledad diagnosticada por el crimen de Martín Villa. Los presos incinerados por el aplastante calor contemplan la huida de los gusanillos desde las cocinadas ideas. Vuelve el bramido interior que solo es la intención del miedo. Cercados por el suicidio. Espuma socarrona por la boca íntegra de espíritus acobardados. Escuchan las alas romper el aire con motores de estruendos impensables dentro de la cárcel. Levantan, vuelan y atacan el insomnio por trasnoche dejando guindillas picantes en el recuerdo de los sudores.

Ante las toses y la poca visibilidad, en una pausa represiva o desintensidad, aconteció una suerte inverosímil y necesitada. Un preso franquista rabioso cogió una bomba recién caída y en lugar de tirarla al patio la lanzó con fuerza hacia arriba, con un grito infrahumano, con la intención de golpear la panza del helicóptero situado pocos metros más arriba. La bomba humeante describió una pirueta, colándose por la ventanilla izquierda del helicóptero. Los presos no daban crédito a lo que veían. Desde el plano superior de la 5ª galería el aparato se dirigió hacia la 3ª galería echando humo por los costados, dando bandazos. La dotación cagada, cegada y tosiendo no reaccionaba expulsando la bomba. No la encontraban. Ardía. Debió de ser una pesadilla probar su propia medicina en tan angosto habitáculo. El helicóptero osciló descendiendo con su estela blanquecina sobre la antigua cárcel de mujeres, dirigiéndose inevitablemente contra el pequeño cementerio. Cuando estaba a punto de estrellarse contra las tumbas, por la ventanilla salió el bote. Enderezó por suerte el vuelo y elevándose, se fue hacia el barrio de Carabanchel, hacia Cuatro Vientos, ya sin humos. Fue una experiencia medallística de los pilotos por falta de previsión en la escuela de bombarderos. Los otros dos helicópteros le siguieron. No volvieron más. Fue la victoria definitiva sobre la aviación. Martín Villa llevaba tres batallas perdidas.

 V

Unas 1000 camisetas de colores ocuparon las terrazas de Carabanchel el 18 de julio de 1977. Los corazones de pájaro retaron al estado y al sol abrasador. Con sus cabezas en lucha, nutridas por el periodismo clandestino de la Copel. Fue el éxito de la conciencia colectiva al primer llamamiento por la libertad.

 A la altura de los pájaros, la energía cautiva presentó al mundo el motín necesitado como un acto sublime de la paz, la fe en la esperanza cambiante, mostrándose las víctimas de los 40 años de la guerra fascista. La Copel aspiraba a permanecer 24 horas en la cima de la cárcel. La respuesta integral desbordó todas las aspiraciones. A más resistencia más fecundidad. La gran demostración madrileña de lucha humanitaria convulsionó por empatía e interés a toda la geografía penitenciaria, efectos explicados por el historiador César Lorenzo Rubio.

En el primer ataque contra la libertad, los escopeteros de infantería franquista tronaban las bolas esféricas y el humo enlatado de los fusiles, cayendo los botes al otro lado de las terrazas, observando en el patio a los diminutos policías correr a refugiarse del fuego amigo. Las primeras descargas fueron al descuido, sonando los AY. Sacaron un ojo y hubo heridos graves en la travesía de la lucha. La emboscada encendió el corazón de los prisioneros.

Arriba la acampanada transparencia infinita del aire en su máxima luz. Horas tórridas. Un inmenso desierto solar con ausencia de calma. Carrera de armamento en la cárcel. El proyectil se suicida cuando cae inerte contra un pecho o al acabar su avance. El aire pierde transparencia tejido del humo gris y puntillas del miedo. Por glándulas, pupilas, poros y esfínteres escapa el agua deshidratándose. No hay glamour. Hay poca sangre para mucho corazón. Ceguera y sequedad contra el ser humano. Un duelo es un dolor. Desde el 18-07-1936 hay un duelo seco, terrible en violencia, con asesinatos visibles y ocultos, de suplicios doctrinales, una ausencia de lluvia impidiendo la limpieza de un país de la tiranía. España no perdió el luto, y de tanta negrura y de tanto ensañamiento los tejados de las cárceles se llenaron de pancartas gritando: !COPEL! !AMNISTÍA! !LIBERTAD!

La potente voz de alguna madre gritaba el nombre de sus hijos. Entre zozobras y angustias alguna voz cautiva respondía a las madres, imposible el diálogo parapetando los cuerpos pegajosos. Demacración y ojeras de moribundo el día 19. El piso taladrando calor la suela de las zapatillas, perforaciones ardidas elevadas por la piel hacia el pensamiento. Recuerdas un polo de limón o un simple charco de agua sucia. Los insectos del estío huyeron de la humareda por el agotamiento de máscaras de gases de su tamaño, piensas como un loco chistoso. Los gigantes insectos metálicos angustiando las zonas liberadas, abandonando el chiste del pensamiento loco. En el centro corrido de las terrazas de las galerías 3, 5, y 7 existía una elevación de unos dos metros de altura, los tragaluces acristalados. Allí el rebote imprevisible de la goma cribaba con su fogosidad negra. Había servido de protección hasta que la poderosa aviación asentó su vertical buscando personas, tronando la furia abusiva, creando un pánico nunca percibido en el sueño del odio.

El muro carcelario actuaba de ruptura con la otra civilización, el crimen de palacio contra los civilizados presos a pecho descubierto. Los civilizados rodeados por el precipicio universal de la desesperación y por el lujo de sentirse libres en la cárcel destronada, con la dignidad marina a la máxima altura. La disciplina carcelaria creadora de la sumisión perdía la muerte. Arriba la espuma mental de la decisión alimentaba de fuego rebelde el corazón, creando un cuerpo solidario nutrido por la lucha con la vida desparramándose. Los presos olvidaron el reglamento corrector y de resocialización anclada por medio del castigo indiscriminado, encantos envenenados por el dolor inconvencibles por la treta de la resignación, ocupando su mente la identidad de persona y la reparación como víctima.

El 18 de julio el mundo conoció el amotinamiento carcelario más importante de la historia de España, por su duración, participación, nula violencia de los presos y por la exigencia de la libertad. En el mundo nadie dudó que eran los presos de la dictadura, excepto los parlamentarios dictadores españoles comprados por el franquismo. Visto con esa simpleza los presos debían de ser extraterrestres. Las víctimas del franquismo se dotaron de unas herramientas muy eficaces de oposición: el compañerismo. Sobre una quincena de heridos sufrió la Copel, que fueron evacuados aprovechando el único alto el fuego de las fuerzas destructivas.

A mitad de la batalla, los dueños de los fusiles, las bombas y la aviación presentaron diálogo. Contactaron con los Abogados Jóvenes, de confianza de los presos por su colaboración con las denuncias. Al entrar los abogados en Carabanchel vieron a los antidisturbios destruyendo la cárcel. Llamaron su atención los disparos sobre las cristaleras de la cúpula y el inmueble en general. Ese salvajismo policial en época de negociación no estaba justificado. Desde las terrazas los presos escucharon el estropicio y los disparos. Los abogados hablaron con los copelianos del comando de superficie. Estos rebajaron la amnistía a un indulto general, que no hubiera represalias ni sanciones colectivas y que abordaran todas las reivindicaciones de reformas legislativas. Había un problema, el poder lo tenían los terracistas, con quienes tenían que negociar la entrega de la cárcel. En la conquista no existían líderes ni supremacía alguna. Los copelianos del comando aéreo eran el único grupo organizado. A los 9 miembros del comando aéreo se sumaron los compañeros que habían colaborado con la distribución de las octavillas. La Copel aérea había controlado los agujeros de las terrazas, de una sola capacidad de ascenso, para evitar la entrada nocturna de la infantería del estado. Para entregar la cárcel al enemigo franquista se produce la negociación por una perforación de paso individual. Por una escalinata preparada para ascender cuatro abogados, con Anabela Silva de interlocutor, acompañados por copelianos de superficie, se establece el diálogo por el agujero. Imprescindible una escolta armada de los abogados para evitar los rehenes. Un copeliano metió la cabeza por el agujero, viendo un numeroso grupo de antidisturbios con protecciones y armados. Anabela Silva recibió que nadie iba a subir a las terrazas, que pronunciarán la amnistía para las víctimas del franquismo, que los presos iban de las terrazas a la calle. Ningún antidisturbios pudo subir.

Martín Villa quería acabar con la protesta madrileña porque en la geografía penitenciaria estaban los motines referenciados en Carabanchel. El estado utilizó a los voluntariosos abogados en falsa negociación. Habían realizado una maniobra de distracción, disparando sobre las cristaleras para que los letrados tuvieran ocupada su mente en el salvajismo y violencia gratuita de la infantería del estado, como si la disciplina y la jerarquía no tuvieran que ver con el ejército franquista. Si el Gobierno hubiera engañado al comando aéreo, los 4 primeros antidisturbios de la falsa escolta hubieran establecido una cabeza de puente en torno al agujero, apuntando con los fusiles. Sin pausa, el resto de la infantería a la carrera hubiera subido los 5 escalones inundando la terraza ante la sorpresa de los confiados presos.

El Consejo de Ministros se chinaba las venas. La Copel había vencido a la infantería, dos veces a la aviación y ahora abortaba la actuación de un comando especialista. La Copel fue vencida por la sed y el sueño. Más esfuerzo no pudo realizar. Cuatro días y tres noches fue su éxito publicitario.

La Copel es la memoria histórica de la responsabilidad ideológica sin etiquetas, la defensora humanitaria de la libertad y plenitud de los derechos humanos, un gran activo de la lucha antifranquista, una conciencia colectiva de corazones que se enamoraron perdidamente de la justicia.

Agustín Moreno Carmona

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