Que la paz del señorito esté con vosotros. Y con tu espíritu. Totus tuus.

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Desde el púlpito del templo el Cocodrilo aleccionaba a los fieles e infieles congregados en esa delegación del Vaticano terrorista de 1938. Estaba disfrazado de gala festiva por misa dominical obligatoria. El Pollo sentado en banco intermedio estiraba sus nudillos y brumas con su pensamiento libertario universal. El amor es un sentimiento personal, libre y voluntario, pero el Cocodrilo lo fuerza por el almacenaje de interpretación perversa en la fe adicta a la sumisión. El cura Publio Arias Regodón es la justicia que iguala a los pobres en el hambre, la tortura y la muerte. También iguala a los poderosos y militares, divinos verdugos del resto de los pensamientos. El Cocodrilo habla como el perro cocodrilo, utilizando las palabras del pollo anulando las contradicciones o adaptándolas a la conveniencia de la elite asesina. El cura Publio confunde, destruye, engaña, aparenta, manipula para que sus invitados de oído se aferren a la parte del discurso que les convenga. Desde el púlpito asoma la cruz girándola amenazante a los ojos de los espectadores, en clara obediencia a ese cacho de chatarra. La gente se muere de frío porque la luz de Dios quema en el alma congelando el cuerpo. Dentro de su oropel litúrgico, el Coco lanza el gancho: “la esperanza que os llevará a la vida eterna”. La falsificación del amor marcado a dentelladas de cocodrilo. Tiene muchos anzuelos: “La paz está con todos los que aman al Señor”. Suelta un pollo: “Y para los que no le aman la guerra”. Risitas contagiosas. El cura, airado por el desacato, con manos de estrangulamiento, se dirige a los bancos traseros, presentando su discurso habitual vasoconstrictor:

“Vosotros, rojos desvergonzados, paridos por sucias hembras, hijos del Averno, que habéis ofendido a Dios, a la Virgen María y a todos los santos, malditos seáis en toda vuestra vida, que ni la penitencia permanente va a exculparos de recibir los castigos del fuego eterno. Vosotras, bestias innobles y bastados inmorales provocasteis la desintegración de la fe con ideas y actitudes indignas, destructivas y ateas, atacando el linaje, la posición social y la hombría de la España integral de Dios. Vuestra degeneración no merece el perdón de quienes con el riesgo de su vida están salvando España de la putrefacción en la que estáis sumidos. Vuestro cuerpo infectado por la escoria marxista y libertaria tiene que agachar la cabeza y pedir perdon a cualquier soldado o persona de honor que se os cruce por la calle. Esta penitencia será obligatoria hasta que logréis una profunda sumision por redencion y pueda llegar la paz al impio desorden de vuestras negras almas. Hagase la justicia de dios contra estos hombres y mujeres degenerados”.

La modista no pudo reprimirse más, el cura había llegado muy lejos con sus insultos. Mirando hacia el púlpito, levantó el dolor de su voz: “Don Publio, nosotras hemos venido aquí a la fuerza pero no nos gusta que nos insulten. Le quiero pedir por favor que imponga la penitencia y redima de sus pecados a quien va disfrazado los viernes a la finca del Marques de Malmedra”. Un silencio chirrió a la baja anulando el volumen por el templo de las velas, nivelando los oídos con su insonoridad. Las facciones del cura quedaron mármol y con ese granito indivisible y extendido por todo el cuerpo bajo del púlpito los pocos escalones de forja que resonaron como el tambor de la procesión a cada pisada en el descenso. Con su mecha Ángela habia verbalizado estruendos. Todas las miradas quedaron clavadas en ella. Podía verse el relieve de la fea cara del miedo. La contaminación de avalancha de ojos logró que la piel de la modista se fracturara con incontables arrugas nacientes. Una araña de dedos tejiendo los hilos de seda sobre ese gran grupo de republicanos y republicanas, agitándolos nerviosamente, la gran merienda del arácnido envolviéndose a pulso en su capullo. Todos tenían el corazón preñado en el sofoco. La imprudencia de la dignidad de la modista no presagiaba nada bueno. Para las beatas, en ese momento las vírgenes presentaron sus encantos envenenando a los piojos. Para los devotos, por la cabeza de los santos circuló odio. Dios permanecía en el centro y en los extemos del desasosiego espiritual porque está jodiendo en todas partes. Ninguna estatua socorrió con antipánico al miedo ni a sus efectos cardiacos. Todavía de espaldas, el cura con su hábito religioso había llegado, de izquierda a derecha, al muestrador del templo, dándose la vuelta como mármol de elasticidad pétrea, hirviendo de contención la cara dura enrojecida por la ira. Publio miró fugazmente a un angelito pintado, cambiando a lívido, despidiendo con celeridad “podéis ir en paz” a los congregados, desapareciendo por la sagrada sacristía. Beatas y demócratas salieron del templo, abandonando a los santos en su inerte tristeza de la fe. Las devotas estaban convencidas de que la inmovilidad de los santos se debía a un sentimiento sobrenatural de sacrificio y cuando les sonaba un trozo de madera por dilatación termica, era la palabra de Dios interpretada por el fanático a su conveniencia, instruido por el Cocodrilo, sin percibir que el tiempo con sus estaciones hacía rondas acústicas anuales. Y sin embargo se mueve, la carcoma dentro de los ídolos. Los demócratas estaban convencidos que los fascistas iban a llevarse a Ángela. Alguien recomendó que huyera al monte, pero la modista estaba buscando a su desaparecido hermano Juan Félix y no quiso marcharse. El bizantino Publio no supo cómo pudo llegar la información de sus pecados a la insolente modista. El cura no fue más a la finca del Marqués a violar encapuchado a las mujeres que por extorsión, intimidación o promesa de vida eran secuestradas por los señoritos para arrancarles su intimidad. Publio se persuadió a sí mismo sin Ley mordaza. Parecido a los club de prostitución forzada de la época de Manuel Fraga Iribarne. Ángela fue la única persona que se había enfrentado al Cocodrilo en tiempos de pánico. Esa noche arreciaron los golpes contra las puertas de los demócratas, chillando: “rojos, iros a Rusia”. Algunos conversos gritaban: “que somos cristianos”. A la mañana siguiente los vecinos vieron a una altiva Ángela, la que preparaba los anticonceptivos artesanales, acompañada de su hermana Aurelia, dirigiéndose al mercado de abastos. Por haber sido descubierto el cura en gravísimo pecado mortal, no podían matar a medio pueblo testigo para que Publio blanquease sus pecados terrenalmente. El Equipo Preboste estaba desconcertado, no sabía quién les traicionaba en las violaciones. Cara de Luna, forzada a casarse con un asesino, realizaba su trabajo para el Gobierno Republicano clandestino en zona destruida.

El Pollo tiene un lenguaje humano libertario.

El Cocodrilo habla como un supremo perro fascista.

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